sábado, enero 19, 2008

El transporte, un cáncer que casi nos gana

Aunque el 12 de enero el Diario advirtió que la falta del convenio de colaboración en materia de transporte urbano entre el Ejecutivo y el Ayuntamiento ya tenía un impacto económico en el erario, pues desde el 31 de diciembre de 2007 el Departamento de Transporte Municipal no aplica multas a los operadores y permisionarios infractores, en la realidad el impacto es aún mayor no por un vacío o laguna en la ley, sino porque los responsables de hacer cumplir la ley aún no asumen sus funciones.
Tristemente, en el debate político —perdón, no encuentro otra palabra para calificarlo— de si el Ayuntamiento acepta o no las condiciones del gobierno del Estado para la firma de un acuerdo que permita seguir el trabajo de vigilancia, control y sanción del sistema de transporte público, todos sufrimos las consecuencias de una total anarquía en este asunto.
Y es que, pese a que los inspectores de transporte del Ayuntamiento continúan la vigilancia de rutina para que los choferes respeten las normas de este servicio, el plan de paraderos de ascenso y descenso en el Centro y el cobro de tarifas autorizadas, ciertamente no tienen las facultades para aplicar la ley e imponer las sanciones respectivas a los choferes y concesionarios del transporte.
Hay que decirlo: al no tener el Ayuntamiento las facultades de vigilancia, control y sanción del transporte público de pasajeros, los ciudadanos vivimos en tierra de nadie, pues los choferes actúan, hacen y deshacen, cometen infracciones y se burlan de las autoridades municipales, pues saben que éstas nada pueden hacer en términos de la ley, mientras el mentado convenio siga entrampado en un juego político sin razón.
Un ejemplo de esto que hoy sufrimos sucedió ayer viernes 18, cuando un camionero con antecedentes penales de la empresa Minis 2000, ruta “Chuburná 21” —por cierto, rodeada de muchas denuncias ciudadanas—, atropelló y dio muerte a una mujer en pleno centro de nuestra ciudad.
No somos peritos, pero hemos podido consultar a los expertos y lo que se reconoce es que es imposible pensar que circulando a una velocidad moderada, la permitida para esa zona de la ciudad, alguien pudiera atropellar y dar muerte a un peatón, aun cuando se reconozca la irresponsabilidad de este último a la hora de cruzar la calle.
Las autoridades no han entendido la voz ciudadana. Ya basta de pensar que el poder sirve para entrampar y hacer sólo lo que convenga a los intereses personales, lejos del bien común.
Hay un hecho: por impedimento de ley, porque carece de facultades, hoy el Ayuntamiento no aplica las multas a los infractores y por consiguiente todos los involucrados en este servicio se burlan de la autoridad.
Pero, efectivamente, no existe ningún vacío legal, pues la ley es clara al decir que las facultades de control, organización, sanción, etcétera, del transporte público pertenecen al gobierno del Estado, quien puede delegar algunos de estos derechos al Ayuntamiento para aliviar la carga que esto representa. Es sólo sentido común y de colaboración, es buscar el bien común. Vale preguntar: ¿por qué no hacen la tarea?
Para que usted se dé una idea de este enredo: de la fecha de vencimiento del último convenio, el 31 de diciembre de 2007, a hoy, a diario se dejan de aplicar, cuando menos, unas 35 multas al día, es decir unas 665 boletas en los primeros 19 días de este año.
Si observamos en los paraderos públicos, los inspectores de la Dirección de Transporte del Estado, pese a que se sabe que aún no existe convenio alguno firmado con el Ayuntamiento, no han asumido el control ni la vigilancia del transporte de la ciudad.
Y el problema sigue, pues algunos regidores consideran que la polémica desatada por este asunto aumentará, porque el gobierno del Estado también quiere controlar la autorización de las ampliaciones de rutas, pese a que el Ayuntamiento rige el desarrollo urbano de Mérida.
Amén de las discusiones, ya estamos cansados de que todos hablen y hablen a su favor, pero no demuestren voluntad para solucionar los problemas. Los ciudadanos ya estamos hartos de que la historia del transporte urbano sea la de un camino mal trazado, pero peor, que cada día ese camino empeore con las rocas que de pronto surgen para obstaculizar la llegada de soluciones.
Nadie se pone de acuerdo, pero tampoco nadie quiere asumir la responsabilidad en este problema; mientras tanto, tristemente seguiremos viendo accidentes como éste en el que, al final, el único responsable de las irresponsabilidades de las autoridades, aunque no queramos, es el ciudadano. ¿Hasta cuándo?

Remate
El juego político está en movimiento para todos los partidos del estado. Qué triste que todos los actores del quehacer público se ocupen en resolver sus problemas para lograr, al final de cuentas, un buen capital político; la interpretación que doy a este “capital político” es “mejor ingreso económico” para ellos, es decir, poder. Mientras tanto, los ciudadanos, como los chinitos, sólo estamos milando, calladitos; la sociedad es la base del quehacer público, ¿hasta cuándo se entenderá? situaciones como el infortunado accidente del viernes no deben suceder jamás. Una cosa es cierta, Yucatán se está conformando con su realidad y está dejando pasar la oportunidad de cambiar muchas cosas; es el momento, sólo falta fajarse los pantalones para actuar, ¿podremos hacerlo?— Mérida, Yucatán.
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viernes, enero 18, 2008

La no violencia ¿empieza en casa?

La lucha por desarrollar una cultura de los derechos humanos que busque la equidad entre las personas hace más notoria hoy la violencia familiar, lo cual ocasiona que ésta tome otra dimensión.
En nuestro medio, el problema se ve cada vez más como una enfermedad social, pues más sectores resienten sus consecuencias en la salud, en el funcionamiento de las familias, en el desarrollo de las comunidades, del Estado y, por tanto, en el desarrollo del país.
En México, como en otros países, la violencia es reconocida como un problema de salud pública ya que impacta a la salud de las personas en todas las áreas de su desarrollo. Así lo demuestran los datos estadísticos de investigaciones en diferentes países, los cuales han demostrado la amenaza que significa para la salud de mujeres, niñas, niños, adolescentes, embarazadas, adultos mayores y gente discapacitada.
Yucatán cuenta con un panorama epidemiológico para este problema, pero sólo de los casos que acuden a las unidades de salud a solicitar atención médica posterior a la agresión familiar.
De acuerdo con algunas cifras, en 2001 se reportó un total de 45 casos de violencia, y en 2002, 56. Los grupos de edad más afectados son los de 20 a 24 años y de 25 a 44 años, con importante predominio en el sexo femenino, principalmente en el hogar.
En 2005 se reportaron 159 casos y en 2006, 449; este aumento se debió a que los médicos ya detectan la violencia y la registran. Aparentemente las cifras son “mínimas”, pero no se contemplan las que fueron denunciadas ante la autoridad judicial y menos las que en medio del terror nunca se denunciaron ni se denunciarán.
La participación de fenómenos relacionados con los cambios sociales, culturales y medios de comunicación son algunas de las razones por las que la desintegración familiar se vuelve cada vez más un tema complejo.
De acuerdo con la académica de la Universidad Autónoma de Yucatán Dora Ayora Talavera, los medios de comunicación y el contacto con otras culturas contribuyen en la elección de otros tipos de vida familiar. “El impacto de los medios (de comunicación) se refleja en la convivencia. La televisión y el Internet propician que la familia ya no sea como antes, que sus integrantes tiendan al individualismo y al aislamiento”.
Un ejemplo de esto lo encontramos cuando la familia, en vez de salir a pasear, prefiere quedarse en casa con el padre sentado ante la computadora; la madre, ante la televisión, y los hijos frente a los videojuegos. ¡Todos están juntos, pero nadie convive!
La violencia familiar afecta a todos los ámbitos sociales del desarrollo, empezando por la misma familia, en especial a grupos vulnerables: niños, discapacitados, adultos mayores e indígenas. Las estadísticas no engañan, en Yucatán hay un elevado número de violencia familiar y los más agresores son los hombres.
Ante la falta de acciones institucionales directas, organizaciones no gubernamentales trabajan para cubrir los vacíos dejados por el gobierno y, en la práctica, han sido estos grupos los que exigen políticas públicas para atender la violencia.
Son las autoridades las que deben promover y difundir las acciones que en el país se realicen.
Hay que tomar en cuenta que lo que llamamos “cifras” en relación con este problema, en realidad son vidas que están en peligro latente a causa de golpes y maltratos. Por eso, para atender de manera real e integral este problema, se requiere la concurrencia de todos: gobierno, empresarios, escuelas, asistencia social y de salud, las ONG, etcétera, en un trabajo sostenido.
Las autoridades difícilmente podrán hablar de que se estén revirtiendo las cifras de violencia, porque no hacen un trabajo exitoso, y porque al parecer carecen de voluntad política.
Es urgente que se promuevan acciones en todo el Estado para que se conozcan las normas y las obligaciones, a fin de que luego todos los actores participen asumiendo su responsabilidad.
A fin de cuentas, y siempre lo hemos dicho, nuestra sociedad tiene su fundamento en la familia, pero de una familia destruida, donde la violencia es su razón, no se puede esperar nada más que violencia. Porque lo que en la familia recibimos, eso mismo damos a la sociedad, así la construimos. ¿Por qué entonces nos quejamos de la violencia que vemos, si no luchamos para erradicar la que vemos en casa?

Remate
De acuerdo con un estudio del Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres) y el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, de las 32 entidades federativas del país, 24 regulan la violencia familiar, mientras que ocho no la contemplan en sus legislaciones. Además, en 27 entidades se establece la violencia familiar como delito penal y sólo en 13 códigos penales se tipifica la violencia entre cónyuges. La violencia doméstica es un problema más grave de lo que se cree; incluso la preocupación se vuelve terror al descubrir a muchos niños y adolescentes en la escuela que piden ayuda ante una situación de maltrato; resultan muchos más los casos reales de los que se cree. La labor empieza en casa, pero si ahí no hay el refugio para el crecimiento sano e integral de las personas, es mejor pedir ayuda, pues es obligación de las autoridades no sólo castigar, sino también defender y proteger a las víctimas.— Mérida, Yucatán.
aaldaz@dy.sureste.com
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Para variar, no hicieron la tarea

Cuando el 1 de enero de 1994, hace 14 años, entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte o TLCAN —conocido también por TLC o Nafta por sus siglas en inglés “North American Free Trade Agreement” o Aléna, del francés “Accord de libre-échange nord-américain”—, se sabía que en un proceso de desgravación escalonada quedaría establecida una zona de libre comercio entre Canadá, Estados Unidos y México.
El Tratado eliminaría, ciertamente, fronteras para comerciar y facilitar el cruce de una línea a otra, para el movimiento de bienes y servicios entre los territorios de los países miembros, y se quitarían las barreras al comercio entre Canadá, México y Estados Unidos, estimulando el desarrollo económico y dando a cada país integrante igual acceso a sus respectivos mercados.
Ante este acuerdo, el gobierno mexicano comenzó el planeamiento de un programa propio que más tarde introduciría las industrias maquiladoras en el norte de México. El “programa de maquiladoras” fue impulsado por el gobierno mexicano como respuesta al cierre del programa “Braceros”, por el cual se autorizaba a trabajadores agrarios mexicanos a realizar trabajos temporales legalmente en territorio estadounidense.
Aunque el proyecto del TLC se visualizaba como algo a cumplirse totalmente a largo plazo luego de entrar en vigor, era claro que para que funcionara se debían eliminar los obstáculos al comercio, a fin de facilitar la circulación fronteriza de bienes y servicios entre territorios de las partes firmantes.
En el ínter de todo este asunto, el trabajo legislativo debió enfilar sus baterías para proteger —algunos le dicen “blindar”— el comercio interior y los productos y servicios mexicanos, ante el inevitable embate de los correspondientes productos y servicios extranjeros que se esperaba que llegara.
Esto no ha ocurrido y en cambio, al irse dando la desgravación progresiva de productos y servicios, un sentimiento de abandono de parte de los mexicanos se ha hecho sentir, independientemente de los beneficios reales que el propio Tratado propone, pues no existe una legislación interna que nos promueva y proteja.
En el transcurso de los últimos meses, tanto en el ámbito del campo como en el automotriz, se han escuchado voces que manifiestan no estar de acuerdo con lo que han calificado como “puñalada trapera” del gobierno mexicano —a causa del TLCAN— a los campesinos y a las cámaras de varios sectores empresariales, y no se repara en la irresponsabilidad del Poder Legislativo en el asunto.
No estamos de acuerdo con quienes piensan que el TLCAN nos vino a acabar completamente, porque no podemos competir con dos países económicamente poderosos, pues el tiempo para preparar precisamente el golpe fuerte que el Tratado daría no lo usaron nuestros legisladores para blindar, proteger y prevenir cualquier problema, al quedar totalmente liberado el comercio entre México, Estados Unidos y Canadá.
Es fácil hacer mucho ruido, pero una cosa es cierta: el espíritu del TLCAN sólo busca impulsar comercialmente a México en el exterior. Sólo que para que eso suceda, se debieron poner las condiciones legales para que los productos y servicios en el país elevaran su calidad y se pusieran a la altura del primer mundo.
Como siempre, los legisladores no hicieron la tarea a tiempo; no es raro pues en las últimas décadas pretextos no han faltado para justificar la falta de aprecio por el pueblo de México.
Es curioso, hoy se levantan voces para quejarse por el TLC, cuando en el tiempo que tuvieron previo al golpe final —suficiente por supuesto— no hicieron la tarea; estamos seguros de que no porque no pudieran, sino porque no quisieron hacerlo.

Remate
No todo es miel sobre hojuelas en el caso del TLC y hay que reconocerlo: ante la pregunta “¿a quién ha beneficiado el TLC?”, cabe decir que con el acuerdo no se ha fortalecido la soberanía mexicana, ni hay relación directa con las luchas por la democracia, como especulaban muchos de sus animadores; tampoco ha disminuido la emigración mexicana a Estados Unidos, ni ha mejorado la economía, el bienestar de las mayorías, ni la amistad de los pueblos mexicano y estadounidense. Todos aquellos que promovieron entusiasta y activamente el Tratado de Libre Comercio se imaginaron que con tan histórica decisión las relaciones entre México y Estados Unidos tendrían que ser de manera inevitable mejores que nunca. Y quizás tenían razón, sólo que no contaron con que los legisladores dejarían pasar mucho tiempo para preparar al país, a fin de evitar un problema como el que estamos viviendo. Peor aún, luego de 14 años de haberse iniciado el TLC, ni siquiera la amistad México-Estadounidense mejoró, por el contrario, está en uno de sus peores momentos.— Mérida, Yucatán.
aaldaz@dy.sureste.com
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jueves, noviembre 22, 2007

Aprendamos a estimar a la familia

Se acaba el año calendario y en este último mes nos empezamos a preparar para celebrar muchas fiestas relacionadas con la Navidad y la llegada del año nuevo. Llegó el esperado momento de construir el pesebre y decorar la casa. Salen las guirnaldas de colores, las luces que se prenden y apagan, las figuritas del pesebre y los angelitos. Los niños aguardan ansiosos el momento de participar, todos quieren poner su adorno favorito o los objetos que con esmero han preparado.
La celebración comienza viento en popa. Sin embargo, a medida que pasan los días, nos acostumbramos a que toda esa decoración que colocamos con tanta dedicación y cariño se vuelve parte de la decoración tradicional de la casa y así, sin darnos cuenta, llegan los días 24 y 25 de diciembre...
Y comienzan las visitas, los apuros, las carreras. Subimos y bajamos de aquí para allá, en el automóvil o en el camión, los niños cansados, llorosos, algunos de mal humor, en sus manos llevan regalos que no saben siquiera quién se los dio. Olvidamos celebrar lo fundamental, lo más importante: el recuerdo de la buena noticia de un Dios hecho hombre.
¡Ah, la Navidad!, tiempo para recomponer relaciones, creer en un futuro mejor, preparar el corazón para el nacimiento del Niño Dios que cambió la historia de la humanidad, etcétera. Un momento, ¿recomponer relaciones? ¿Cuáles —preguntará alguien—, si ninguna está rota?
Sí, época de recomponer relaciones en la familia, principalmente en lo que a unión, comunicación y amor se refiere, bases firmes para fortalecer a las personas y, en general, a la sociedad. Aunque la familia es el espacio privilegiado de aceptación y amor de los seres humanos, y es de gran relevancia que la comunicación predomine en el clima de las relaciones intrafamiliares, a veces no entendemos ni aceptamos que los otros puedan percibir un mismo hecho de manera distinta.
Y para ambientarnos en la importancia de los valores, le ofrezco, amable lector, dos historias para reflexionar, que en lo personal me hicieron pensar en lo delicioso que es llenarse de amor para celebrar en familia:
* Zapatos para papá. Todos los años, cuando llega la época de Navidad, los fieles de la parroquia de un pequeño pueblo llevan a los niños de las familias más pobres a comprar regalos. Ese año Francisca acompañó a dos niños muy especiales: José y Nicolás. Ellos pertenecían a una familia muy pobre y les entregó a cada uno cuatro monedas para que compraran lo que quisieran. Los tres iniciaron el paseo. Pasaron por muchas tiendas y Francisca les daba muchas sugerencias, pero lo único que ellos hacían era mover la cabeza y decir: “No, eso no queremos”.
Después de un buen rato, Francisca decidió preguntar: "¿A dónde quieren ir? ¿Qué idea tiene ustedes?". Entonces Nicolás contestó: "Yo quisiera ir a una zapatería, queremos comprarle zapatos para el trabajo a papá".
Llegaron a la tienda y el vendedor les preguntó: "¿Qué quieren?". Ellos mostraron un pie dibujado y contestaron que querían unos zapatos de ese tamaño y le explicaron que ellos habían dibujado el pie del papá mientras él dormía, para darle una sorpresa. El vendedor tomó el modelo y buscó un par de zapatos que fuera de ese tamaño. Se lo mostró a los niños y les preguntó: "¿Éste estará bien?".
José y Nicolás tomaron los zapatos, maravillados por su hermosura y porque eran perfectos para los pies de su papá. Pero José miró la caja, vio el precio y entonces dijo: "No nos alcanzan las monedas, sólo tenemos ocho de ellas". Pero el vendedor les dio buenas noticias: "16 monedas es su precio regular, pero sólo por hoy se venden a tres pesos". Los niños, dichosos, compraron los zapatos y con el dinero que sobró compraron dulces para la mamá y para sus hermanas.
El día después de Navidad, Francisca se encontró en la calle con el papá de los niños. Andaba con sus zapatos nuevos y con sus ojos brillantes de alegría le dijo: "Le agradezco que se haya preocupado por mis hijos". Francisca le contestó: "Y agradezca a Jesús por los hijos que usted tiene. La generosidad de ellos me enseñó más de lo que he aprendido en toda mi vida".
* El pequeño pedazo de pan. En un país muy lejano, hubo una vez una enorme hambruna. Como faltaban pocos días para la Navidad, un millonario pastelero decidió dar un regalo a los más necesitados. Mandó a buscar a los niños más pobres del pueblo y les dijo: "En este canasto hay pan para todos. Que cada uno saque uno para llevar a su casa, y vuelvan todos los días a buscar un nuevo pedazo, hasta que Dios nos dé tiempos mejores".
Los niños hambrientos se tiraron arriba del canasto y peleaban entre ellos porque cada uno quería sacar el pan más grande. Cuando todos tenían el que querían, se fueron sin dar las gracias al pastelero. Pero había una niña muy pobre, llamada Gretchen, que no peleó con los demás niños ni se arrojó al canasto con malos modos, sino que se paró modestamente un paso más atrás. Cuando todos los niños tomaron su pedazo de pan, ella sacó el último que quedaba, que era el más chico. Luego besó la mano del pastelero, le dio las gracias y se fue a la casa.
Al día siguiente volvieron los niños y se portaron tan mal como el día anterior. Por su parte Gretchen hizo lo mismo: esperó pacientemente su turno. Pero esta vez le quedó un pan más chico todavía. Cuando llegó a la casa y se lo dio a su mamá, ésta se dispuso a cortarlo en pedazos chiquititos para repartirlo entre sus hermanos. Pero al hacerlo, cayeron cientos de monedas de oro. La mamá estaba tan asombrada y alarmada, que las metió en una bolsa y le dijo a Gretchen: "Anda con el pastelero y devuelve estas monedas que por equivocación se quedaron dentro del pan".
Gretchen fue donde estaba el hombre rico y le entregó las monedas con el recado de su mamá, pero el pastelero le dijo: "No, no fue una equivocación; yo puse las monedas de oro en ese pequeño pedazo de pan, ya que tú fuiste la única agradecida, la única educada y la única que esperó hasta el final para que los otros sacaran su pan. Ahora, anda a casa y dile a tu mamá que las monedas son de ustedes".

Apunte final
La familia continua siendo para la mayoría una referencia esencial de su vida, pero este sentimiento generalizado padece el acoso de un cierto "complejo antifamilia". En este punto, todos nos debemos preguntar si la atención que cada quien presta en casa corresponde a la trascendencia de su propia familia y al aprecio de la misma que demuestra de manera reiterada, contra la gravedad de las asechanzas a la que está sometida. En los niños se percibe de inmediato desde el punto de vista positivo o negativo cómo es su familia, qué calidad tiene su "ecología" humana, qué le transmiten su padre y su madre, cuál es la experiencia de su hogar. Para la vida de la persona, la familia es insustituible. No es al azar la afirmación de Fernando Savater de que "por encima del derecho de tener hijos, está el derecho del hijo a tener padres. No se puede programar huérfanos. Nadie tiene derecho a obtener hijos de encargo para que satisfagan sus emociones, su soledad o su neurastenia". La persona no es producto de laboratorio. Aprovechemos estos espacios de celebración y recogimiento para fortalecer nuestros lazos familiares, fomentar los valores y agradecer, sobre todo, la oportunidad de vivir una auténtica vida en familia. Vale mucho la pena. Que en las fiestas de Navidad aprendamos a estimar a nuestra familia como se merece, y que la contemplación del misterio del Belén nos enseñe a custodiar la familia como un tesoro. ¡Feliz Navidad!-- AAG. Mérida, Yucatán.
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Artículo publicado en la edición de diciembre de 2007 de la revista electrónica Sociedad y Familia
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martes, noviembre 13, 2007

Una torre débil que nos lastima

La mítica Torre de Babel es una construcción que la Biblia menciona en el Génesis; de acuerdo con la narración, con la construcción de esta Torre los hombres pretendían alcanzar el cielo. A fin de evitar el éxito de esa empresa que se oponía al mandato de que la humanidad se extendiera y multiplicara por toda la superficie de la tierra, Yaveh hizo que los constructores comenzaran a hablar lenguas diferentes, tras lo cual reinó la confusión.
“Confusión”, palabra que ante la figura de la Torre se refiere a desorientación, pensamiento sin claridad, oscuro, es la incapacidad para pensar con la claridad y la velocidad usuales. Ésta —la confusión— interfiere con nuestra capacidad para tomar decisiones y hace que nos dispersemos y perdamos la atención de lo realmente importante.
Y es que es un asunto muy común, sobre todo en la familia, pues son tantas las cosas que quisiéramos lograr (alcanzar el cielo), que construimos pisos falsos en nuestra torre personal y lo único que con ello obtenemos es confundirnos los adultos y, peor, confundir a nuestros niños.
Todo este discurso viene a la luz porque hace unas semanas tuve un accidente en la mañana: un joven no alcanzó a detenerse a tiempo en un alto y golpeó mi automóvil “por alcance”. La primera reacción de ambos fue bajar de los vehículos y preguntarnos mutuamente si estábamos bien, a lo cual respondimos que sí.
Sin embargo, cuando estaba a punto de darme la vuelta para hacer todas las diligencias con la aseguradora (llamar, esperar y ese tipo de cosas) del auto de aquella persona descendieron dos pequeños —una parejita— de entre seis y ocho años de edad, a quienes el papá comenzó a regañar y a culpar del tal accidente.
De inmediato le reclamé al conductor su actitud y le recordé que el único culpable del accidente había sido él, pues sus hijos no manejaban el vehículo ni se distrajeron ni chocaron, sino que el único responsable fue él. Los niños aún no se recuperaban del susto, ambos estaban blancos como el papel: el pequeño tenía los ojos muy abiertos y la niña sólo lloraba.
La respuesta del papá fue una cara de enojo para mí, simplemente me ignoró y les dio a los niños un último regaño, para luego llamar a su aseguradora e intentar “resolver” el problema.
Los adultos de hoy vivimos en una auténtica confusión, no construimos una sociedad cuya base sea el bien común. Si así fuera, estos arranques de ira y ese descargar la furia en los más débiles no sucederían. Me pregunto qué estarían sintiendo esos pequeños, ¿cuál será el recuerdo que quedó de este accidente en el que se vieron tristemente involucrados? Definitivamente, nuestra ciudad se ha convertido en una jungla y los adultos olvidamos que fuimos niños.
La confusión es el principio de la dispersión. Si la familia es la base de la sociedad, no me quiero imaginar qué sucederá con esos pequeños que viven confundidos entre el amor y la violencia, y conste que no me refiero sólo a los niños del accidente. Y por eso vemos con frecuencia una violencia que crece, una corrupción que se arraiga, el desengaño que desalienta, la mentira que denigra...
Quien merecía una fuerte reprimenda era el papá bilioso. Descargar la furia, la frustración en los más débiles no es la solución, pues no se trata de levantar un edificio como la mítica Torre de Babel, sino de construir personas para que la sociedad sea una sociedad de bien. ¿Ser adulto nos autoriza a todo? Pienso que no.
Remate
Parece que todos hablamos idiomas distintos, pues incluso muchos a la hora de divertirse en familia no se ponen de acuerdo. Me ha tocado ser testigo de madres que gritan a sus hijos en la calle, de padres que maltratan a sus hijos hasta porque lloran. ¿Cómo cambiar esto? ¿Cómo salir de la confusión en la que vivimos? Como han dicho muchos poetas que retratan la vida y al ser humano: “¡Pobre hombre que te destruyes a ti mismo!...”.— Mérida, Yucatán.
Publicado en el Diario de Yucatán el 14 de noviembre de 2007
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